domingo, 12 de octubre de 2008

Relato corto Nº 2

Germán estaba sentado en la cocina, preparaba el mate para la merienda. Había comprado media docena de medialunas (tres de grasa y tres de manteca), una con pastelera, dos de membrillo, una tortita negra (que tenía el nombre de Tere escrito) y dos de dulce de leche. Andrés y Patricia llegarían en más o menos veintiséis minutos, según marcaba el microondas. Despertaría a su novia en cuatro, con veinte ella le serían suficientes para enarbolar su blanca sonrisa y estar lista para las visitas.

Teresa se había acostado después de almorzar. Usualmente, no dormía siestas, pero la noche anterior habían asistido al casamiento de Pedro, la fiesta duró hasta el amanecer y ella gastó la suela de sus sandalias verdes simulando bienestar en la pista de baile. En la última tanda de danza, sentía calambres en las pantorrillas y la columna rechinaba con cada movimiento, sin embargo, no iba a permitir que esos achaques hicieran que la vieran sentada en la mesa, como si no tuviera motivos para divertirse.

Andrés era el hermano mayor de Teresa, Patricia su mujer. En realidad, no estaban ligados por la sangre, sino por la crianza; ya que la mamá de Tere hizo las veces de la suya luego de que sus padres se separaran. A falta de un hijo varón, Andrés ocupó el espacio vacío y protegió a la vulnerable Teresita, siempre tan dulce y sensible, siempre tan proclive a ser lastimada en su inocente mundo de fantasía.

Habían arreglado la visita con premeditación. Si bien Pedro y Teresa habían terminado su relación hacía tiempo y en buenos términos, ella siempre mantuvo un pequeñísimo fuego interno que se oxigenaba con su ilusión. Ambos habían arrancado proyectos nuevos junto a otras personas, pero Andrés la conocía muy bien y sabía que el casamiento iba a afectarla. Quería verla y consolarla en silencio, con la complicidad que los caracterizaba, porque su hermanita no daría el brazo a torcer ni reconocería que por dentro algo se desgarraba.

16:10. Germán vio justo el momento en que el cero y el nueve se transformaban en un uno y en un cero y se apresuró hacia el dormitorio para despertar a Teresa. Antes de llegar a la puerta, lo interceptó el sonido del timbre. Habían llegado antes de la hora acordada, Tere no estaba levantada y no había preparado el mate. Odiaba que interrumpieran sus preparativos, pero con un leve resoplido corrió hasta la puerta y les abrió. “Tu hermana está durmiendo la siesta, justo la iba a despertar”, soltó antes de decir siquiera hola. Andrés, con su naturalidad de siempre, respondió: “Dejá, la despierto yo, le traje tortitas negras, vas a ver que la levanto con una sonrisa”, terminó la frase con un guiño simpático y entró a la casa esquivando a Germán que todavía estaba molesto por no tener todo listo como él quería.

Entró a la habitación con la energía que lo caracterizaba, dulcificó su voz y como si fuera un cántico quiso robarla del sueño en el que se encontraba sumergida. “Princesita…. ¡Te traje cositas ricas! ¡Arriba que hay que llenar esa pancita!”. Teresa estaba acostada sobre su lateral derecho, tiesa, inmóvil. Como no respondió a su llamado, Andrés se acercó y tocó su hombro izquierdo para moverla. Horrorizado, sintió su cuerpo tenso y frío. Dejó caer el paquete que sostenía con la otra mano para sacudirla. El estupor se apoderó de él cuando vio los labios apretados y grises, el ceño fruncido y lágrimas todavía húmedas en sus mejillas.

Gritó de estupor. Germán y Patricia entraron corriendo. El gesto desmesurado de Andrés les advirtió de la tragedia. Giraron a Teresa boca arriba y entre sus dedos agarrotados encontraron los pétalos destrozados de unas flores viejas y un papel arrugado con un poema que le había escrito Pedro.

Se sumió en el sueño eterno, Andrés no podía despertarla ya. La besó cual príncipe azul en la boca, pero no hubo magia que rompiera el hechizo. Ya no había realidad que abonara la tierra de fantasías de Teresa que pudiera atarla a la existencia terrenal, sólo ensueños que la horrorizan y dolor la aguardaban. Patricia, apoyada en el quicio de la puerta de la habitación, miró a Germán, quien la observaba con ojos desolados, y le dijo: “Sí, eso es la muerte…. Teresa duerme, tiene pesadillas, pero él ya no puede despertarla”*.

*El relato es producto de un ejercicio de escribir inspirado por una frase de otro autor, no es un burdo plagio, sino un sentido "homenaje".

martes, 16 de septiembre de 2008

Relato breve Nº 1

Buenos Aires se despertaba por tercer día consecutivo cubierta de neblina y pesada de humedad. La temperatura era algo agradable para tratarse de los últimos días del invierno, unos catorce o quince grados centígrados, y se esperaba que por la tarde trepara hasta los diecinueve.

Sacó primero un pie y luego otro de la cama, sin pensar en si sería el izquierdo o el derecho. Miró sus diez dedos bien plantados sobre el piso y se preguntó qué clase de día tendría hoy. ¿La suerte la acompañaría? Giró lentamente el cuello con las manos clavadas en el borde de la cama y oteó por la ventana las partículas de agua suspendidas que hacían que todo se viera más triste. Pie izquierdo, masculló, y con paso cansino fue hasta el baño.

El agua fría con la que se lavó la cara no la despertó ni la llenó de energías. Entró en su habitación todavía semi-dormida y fue a buscar algo que ponerse en el placard. Una mañana más encerrada en la oficina, sin que nadie la viera ni le importara su vestuario, sólo a ella.

Empezó por elegir un pantalón. No sería difícil, ya que todos le quedaban igual de mal, según su parecer. Encontró uno negro de gabardina bastante anodino y lo descartó porque le recordaba aquella noche lluviosa de su último cumpleaños y él sacándoselo con premura y pasión, mientras afuera parecía que se acababa el mundo a fuerza de rayos y centellas.

Ese jean azul tan ajustado, tampoco, pensó en el día que se conocieron, los nervios y la vulnerabilidad, y prefería borrar ese recuerdo en el presente. Pasó a las remeras y la secuencia se repetía invariable: esa azul la tenía cuando conoció a sus amigos, la beige fue la de la despedida, la roja de aquella vez que fueron al cine….

El armario entero dibujaba la cara y el cuerpo de su anterior amante. Memoria hostil de un tiempo de paz, sin paz. El sosiego de aquellos tiempos que miraba con ojos de hoy era la inquietud del mar en la tempestad, cuando ocurrió. Un psicólogo le había dicho que reescribimos los recuerdos cada vez que los traemos a la mente e, inquieta, se sonrió, entecerró los ojos y dibujó un arcoiris en la mañana gris. Ella ya no recuerda lo que vestía ese día.

sábado, 16 de agosto de 2008

Sí, quiero

Te enorgullecería saber que disminuí mi obsesión con el trabajo en una medida importantísima. Me tomo mi hora de almuerzo, casi no me quedo después de hora y, en cuanto pongo un pie afuera de la oficina, me olvido de todo lo relativo a ella. Si estuviéramos juntos, podríamos ir a comer algunos mediodías o podrías esperarme a la salida e iríamos a caminar por Florida o a merendar unas medialunas en ese café de Perú e Yrigoyen que te gusta tanto. Pensé que estaría bueno ir juntos al Parque de la Costa un domingo, ¿te gustan los parques de diversiones? O directamente ir a pasear por el Tigre, dar una vuelta por el Puerto de Frutos, hacer un picnic.Yo no lo conozco, estaría bueno hacerlo con vos para que se convierta en un bello recuerdo compartido que sumar. Quiero que vayamos al Paseo La Plaza y ver a esos cómicos stand up. ¿Te prendés? También me gustaría que vayamos a Caminito un sábado a la tarde y comer una picada en un barcito típico de por ahí.

Me gustaría sentarme a estudiar para la facu en tu sillón, en patas y en medias, y tomar mate mientras vos estás en la compu o mirando un partido de Boca por la tele. También cocinarte algo rico. ¿Pastas? ¿Empanadas? ¿Una deliciosa carne al horno con papas? Todo casero, por supuesto. ¡Ojo! ¡Vas a tener que lavar los platos! Puedo hacerlo yo, pero no los seco. Eso no me gusta. Podría quedarme a dormir durante la semana, aunque me cueste, me animo y vemos. Quizás estaría bueno desayunar juntos alguna vez por el Centro, antes de entrar a laburar. Lo difícil es que yo me levante temprano. Por vos, hago el esfuerzo. Bueno, no es para tanto porque por estar y compartir con vos me pongo las pilas.

Me encantaría incluirte en todas esas cosas que hago sola por costumbre para crear una nueva tradición. Ir de shopping juntos, ir a comprar regalos, visitar al dentista, comprar Pantene en Farmacity, ¡qué sé yo! Mi mayor gloria sería dejar en tu casa mi cepillo de dientes (y uno para el pelo también, ese peine pierde la batalla contra mi cabello enredado). ¿Te cuento un secreto? Prometeme que no vas a pensar que soy una tonta. ¿Prometido? Bueno, casi siempre llevaba uno en la cartera, para dejarlo ahí, pero no me animaba por vergüenza. Sí, una bobada. En fin, una más de tantas. Como todas las veces que quería llamarte, pedirte algo y me quedaba en la intención. No sea cosa que creas que soy una molesta o que te necesito o que me gusta compartir cosas con vos. ¡Por favor!

En síntesis, te necesito, quiero que lo sepas. Así como quisiera saber que vos me necesitás todavía. Que me buscás en la imaginación durante una reunión familiar o una salida con amigos. Que te sonreís con los ojos entrecerrados pensando en mí mientras trabajás. Que tu mano y mi mano se sienten incompletas si no se entrelazan. Abrazarte fuerte, besarte con ganas. Volver a decir que te amo. Mirarte a los ojos y enamorarme un poco más. Agarrarte por sorpresa y darte besitos en la nuca. Estar. Sentir que estás conmigo todo el tiempo. Ser tuya.

Incluso ahora te siento conmigo. Así, separados, percibo tu aura. Tu ausencia está presente como una roca que me oprime el pecho. Estás acá y no te puedo sacar. En parte, se corresponde con la absurda certeza de que volveremos a unirnos. Decime que no es absurda. Asegurame que vos también lo sentís. Que lo sabés como si fuera parte de tu naturaleza. Como si todo el cosmos te susurrara al pasar que cada uno es el lugar al que el otro pertenece. Una sabiduría primigenia me afirma que esta inabarcable angustia no es en vano.

Un poco más allá y somos una familia. Nosotros, tres o cuatro hijos en un simpático hogar de Caballito. Hay un jardín con azaleas, begonias, malvones y un jazmín que perfuma la casa. Un comedor grande para recibir a la familia y a los amigos, juguetes en lugares inadecuados y cada vez que regresás del trabajo te esperamos para darte la bienvenida con un gran abrazo. Y por las noches, leemos cuentos a los niños, contamos anécdotas, los metemos en la cama y nos decimos hasta mañana con un te amo imperecedero, mientras me acomodo en mi huequito de tu hombro derecho. No hay secretos, no hay miedos no revelados. Confiamos el uno en el otro porque el destino al que esperábamos arribar ya está ahí. Sólo nos queda darle vida.

viernes, 8 de febrero de 2008

Motor sin lubricante

Entre todos los deseos extraños que se le pueden ocurrir a una persona, a mí se me metió en la cabeza que tengo ganas de llorar. No es que me sienta triste ni demasiado alegre. Nada de eso. Me siento bien (¿y vos también?). Sin embargo, quiero llorar. Necesito demostrarme algo, eso, que puedo llorar. Pero no me sale, ¡la pucha digo! Pienso en un pato cubierto de hormigas y en los parajes inhóspitos del Estrecho de Magallanes sin tener resultado alguno.

Recuerdo bien la última vez que derramé lágrimas y empapé mi rostro de líquido salado. Literalmente, me lavé la cara. No fue un llanto real, con todas las letras. Resulta que me estaba contando un cuento más que deprimente en mi cabeza y, para ser sincera, me llegó hasta el alma. Les sorprendería lo buena cuentista mental que soy. Claro, no lo pueden comprobar porque, precisamente, todo sucede en mi cabeza: las descripciones puntillosas, los gemidos de dolor, las enumeraciones caóticas, los conflictos irreductibles y los milagros inverosímiles. Son impresionantes, tanto que me mantienen despierta en las noches, casi comiéndome las uñas por la ansiedad de conocer la próxima desventura de mi protagonista. Tanto que me hacen llorar a moco tendido. En mis textos, alguna que otra vez he ganado un Nobel y un doctorado en Letras.

Regreso al tema principal y digo: “Quiero ser brutalmente conmovida”. No tengo suerte. Alcanzo a llenar los lagrimales, a enrojecer mis globos oculares y a hacer temblar mi labio inferior sin jamás llegar al clímax. Soy una frígida acuática. Cierto es que se me cae la baba cuando duermo bien relajada, no obstante, ese derrame involuntario de secreciones no cuenta.

Ando escasa de emociones o, por lo menos, nada dramático pasa por mi rutina. ¿Será un estado ideal? La mayor parte de los individuos gustan de gozar una vida pacífica, de alcanzar el equilibrio, de experimentar la plenitud. Convencida hasta el hartazgo de ser uno de ellos, vocifero como si estuviera en la calle Florida a las 18:07: ¡Una existencia sin drama ABURRE! Hete aquí la razón de ser de las novelas, la tragedia es vital. Sin conflicto no hay movimiento, sin deseo no hay pasión. Sin lágrimas se reseca el corazón.

Ojo, soy una chica muy alegre.

El lado positivo de la vida lo tengo completamente dominado. Me falta poder embadurnarme de pena, sentirme deprimida porque se me encarnaron los pelos del cavado y la dieta estricta parece hacerme engordar. Quiero que se me caiga una lágrima porque el muchacho X me respondió un mensaje de texto súper romántico con un monocorde (o monofónico): “Yo también.”. El punto es la clave para estallar en lágrimas y hundirse en una crisis sin precedentes. Conmigo no funciona. Ni tampoco que ese otro filo en el que estoy trabajando sea fanático de Enrique Iglesias. “Pobre de él”, medito amargamente; pero más de ahí no pasa.

Caramba que se hacen desear estas lágrimas.

De todos modos, nunca fui muy llorona. No debería sorprenderme que, en la actualidad, la mujer superada en la que me convertí se deshaga de algo tan del vulgo como el llanto fácil para pasar a otros estados mucho más elevados. Por ejemplo, cuando algo fracasa, repetir a todo conocido la frase comodín del siglo XXI y de todos los psicoanalizados: “No salió, sin embargo, voy a elaborarlo como algo positivo”. Poco a poco —terapia de por medio y decepciones varias derivadas del hecho de ser argentinos— nos metamorfosean en seres de amianto. Algunos le agregan una dosis de Alplax, Valium, Tranquinal o cualquier otro psicofármaco.

Entre tantas otras cosas que sé, yo sé que quiero llorar. Y sé que no debería costarme tanto ya que es una respuesta humana básica al dolor físico o psicológico. Creo que fue el martes cuando usé mis sandalias verdes con moñito (hermosas, glamorosas, que emanan estilo) y, para cuando llegué a mi casa, tenía puestas más o menos 20 curitas de todas las ampollas que me habían sacado. Para el que no lo sabe, es el equivalente a dos cajas de apósitos. ¿Sufrí? ¡Por supuesto! Caminar la cuadra que separa la parada del colectivo y mi hogar fue como pasar una semana en una isla desierta sin agua ni comida. Ok, sin agua me hubiera muerto a los tres días, pero es una metáfora, no sean pesados. La cuestión es que no demostré mi sufrimiento. Estoica y altanera, sólo me saqué los zapatos, me puse las ojotas y charlé con mi madre sobre los irrelevantes acontecimientos del día. Ni sometiéndome al padecimiento salvaje de la carne viva en los pies contra el cuero original de los zapatos me doblegué. ¡Qué lo parió!

Tampoco tuvo mucho éxito el desbarajuste hormonal de todos los meses. Me reconocía más sensible que de costumbre y, justo por esos días, recibí más planteos que todos los que acumulé durante el año anterior. Reproches, melancolía por los tiempos pasados y pisoteados con sandalias verdes glamorosas y de otros colores también, respuestas inesperadas y silencios gélidos. Musicalicé mi habitación durante varias horas seguidas con la reproducción continua de canciones por mí catalogadas Para llorar, como si se tratase de un remedio especial para la apatía. Nada alteró mi pacífico estado de ánimo. Bueno, algo de tristeza sentí, más uno, dos, tres o quizás siete nudos en la garganta y retorcijones estomacales. Habrase debido al helado con mate... Sólo sé que de llorar, ni noticias. Eso que me esforcé.

Si me dieran una paliza tendría un combo: lloraría de dolor físico y me lamentaría por el daño ocasionado a mi bello rostro. No serviría porque no estoy dispuesta a sacrificar semejante belleza por unas cuantas gotitas saladas. Para eso, agarro la salmuera de las aceitunas y me la tiro en la cara. Si fueran muchas, tampoco lo haría. Elijo la plenitud.

¿Cómo terminar un texto de este calibre? Un buen modo sería anunciar: “¡Oh, sí, amigos, lo he logrado!” y así alcanzaría el canon del cuento decimonónico con final sorpresivo y resolución del problema. Hoy, elijo la matriz surrealista y un final loco en el que sólo queda la apertura de la posibilidad de cierre con una angustia futura de fecha imprecisa y los mares que invaden una geografía inexacta y disimétrica de una tierra no virgen que espera y desespera por la llegada de la lluvia.

PD: También deseo que se derrumbe el mito de que me gusta Soda Stereo. No sé qué meta es más difícil de lograr...

jueves, 17 de enero de 2008

Destellos de lucidez

En esos ojos risueños, se oculta la brutal resolución de abandonar toda pretensión amorosa, construir una familia, tener hijos y plantar un árbol. No se resignan a escribir un libro con su estilo satírico, sarcástico y risita sardónica.

Hoy, esos labios carnosos que tanto detesta, proferían con claridad que su única meta era conseguir mucho dinero para comprar muchas cosas y hacerse cuanto tratamiento de belleza encuentre en su camino. Incluía en el pack una cirugía de reducción labial y achicamiento de globos oculares.

El método, sencillo y eficaz, conseguir un cuarentón adinerado, en buen estado físico y con excelente porvenir financiero que se dedique a alargarle gruesos fajos de billetes American Express Platinum. Por menos de eso, no afloja. Por supuesto, el caballero sería retribuído con favores sexuales extensos. Después de todo, puede dejar de ser muchas cosas, pero jamás abandonará su práctica ninfómana ni dejará de sentir en forma constante el hambre sexópata.

N. de la A.: No se puede creer que esta muchacha en B&N sea la misma que saluda desde la izquierda de la pantalla a todo color. Sin embargo, es verdad.

domingo, 28 de octubre de 2007

Curso de etiqueta para viajar en bondi

En Argentina, estamos a ocho horas de las elecciones en las que investiremos con el honor y orgullo que corresponde a los mandatarios para dirigir los destinos de nuestra Nación. Hoy, elegiremos dignos representantes que comandarán nuestro brillante barco hacia un viaje más exitoso que el que hemos transitado en los últimos cuatro años. Si, hermanos argentinos, es posible mejorar, aunque parezca que hemos llegado a nuestra frontera. Los argentinos siempre vemos más allá de nuestras cacerolas.
Por esta razón, en la víspera de tan emocionante evento, voy a escribir sobre la cuenta pendiente que deja nuestro querido gobierno. Cristina K. lo sabe, porque ella conoce lo que queda por hacer. Sin embargo, es menester publicarlo por si sucede lo imposible, la derrota de la Señora K. Además, es un servicio para toda la comunidad que, tan tranquila por conocer la victoria anticipada de la primera dama, desconoce lo que aún queda por hacer.
Curso de etiqueta para viajar en bondi
en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Primera lección
Los granbonaerenses honestos y responsables no solemos viajar en auto. Conocemos el congestionamiento actual de las calles del GBA y es para nosotros un principio vital no empeorarlo. Por lo tanto (y porque somos personas amistosas) viajamos en el muy querido colectivo, en bondi. Somos personas conscientes de que es nuestro deber cuidar el medio ambiente de la emanación de gases contaminantes y, para qué negarlo, es un ritual bien argentino reunirse en un espacio público para compartir anécdotas y, quién sabe, quizás conocer al próximo amor de nuestras vidas mientras recorremos las calles de mi Buenos Aires querido a bordo de estos pintorescos vehículos.
Pero, a no dejarse engañar, no todo el que viaja en ellos posee esta actitud. Muchos porque no conocen las reglas, algunos otros, simplemente, son cuasipersonas (gente pobre) que no tienen la capacidad de mantener un viaje civilizado. Para todos ellos, sale este pequeño curso. Bueno, no para todos, para los que mencioné primero.
  1. La fila (parte A): Cómo se hace la fila determina el resto del viaje. Los postes que indican los números de colectivos que paran en el lugar facilitan la comprensión de las reglas básicas. El primero en llegar se para delante, junto o detrás de él. Los que están más cansados, se sostienen en él con su cuerpo. No es algo muy agradable de ver, pero denota que el individuo en cuestión es un trabajador y merece nuestro respeto. No sucede lo mismo a las entre las 4 y las 8 de la mañana de un sábado o domingo. Probablemente, se trate de un borracho y lo mejor es mantenerse alejado por la probabilidad de ser alcanzado por un vómito no previsto. En el resto de los horarios, la distancia apropiada entre pasajeros es de un mínimo de 30 centímetros. Si le cuesta calcular a ojo, proyecte su antebrazo hacia a persona delante suyo con el codo flexionado: no debe tocar al de adelante. Tampoco es correcto esperar a más de un metro, se corre el peligro de que algún advenedizo se coloque entre medio de usted y la persona anterior con la consecuente pérdida de su puesto en la fila. No es recomendable increpar al colado, quizás sea una persona pobre y, como es de público conocimiento, suelen luchar por todo y argumentar que lo va a denunciar ante el INADI por su posición de clase. Símplemente, cállese y aprenda para la próxima ocasión. No fomentamos estúpidos.
  2. La fila (parte B): Existen paradas señalizadas con refugios, una especie de casitas que, teóricamente, protegen del frío, viento y lluvia. No lo hacen, no se deje engañar. Aquí, el comportamiento esperado es: A) Si llega primero, ubíquese del medio hacia adelante, teniendo en cuenta que adelante representa la zona más cercana a la dirección desde donde viene el transporte. De esta manera, se evitará que las personas que lleguen después tengan que adivinar el orden de espera. B) Si llega y hay gente esperando, ruegue que haya una pseudo fila para no tener que adivinar donde pararse. Si no nota una lógica aparente, métase donde pueda. Usted no es responsable de la falta de previsión de los demás. Si alguno lo increpa, mírelo en forma displicente y acote: "Es que acá está todo tan mal organizado" y ubíquese donde se le indica. Esta actitud evitará que lo confundan con un pobre.
  3. La fila (parte C): Hay paradas que no tienen señaléctica alguna, para estos casos, rige el uso y la costumbre. Normalmente, los aldeanos conocen los lugares en los que los colectivos se detienen y comienzan la fila desde allí. Sígalos sin chistar. Si usted es un local, siempre ubíquese en el punto imaginario específico donde comienza normalmente la fila. No en el medio, ni a un costado, ni apoyado contra la pared del negocio amigo. Evitará muchos problemas y, quizás, comenzará una relación fraterna con el resto de sus compañeros de espera quienes lo admirarán por su actitud solemne. Muchas veces, uno comparte este espacio todas las mañanas con las mismas personas y, dependiendo del cumplimiento o no de la grilla de las líneas, quizá comparta más tiempo con ellos que en el desayuno con su familia. ¿Por qué no trata de fomentar estos vínculos haciendo comentarios al paso? Anímese. Alabe el día o a los señores K, siempre es un tema ameno de conversación. Pruébelo y después me cuenta.
  4. Algunas consideraciones finales sobre la fila: Es de mal gusto (y de vago) preguntar qué colectivos se detienen en la parada cuando existe un palo o un refugio, normalmente señalizados como es debido. No pregunte: "¿El 105 para acá?" en la parada de Parque Centenario cuando hay un sticker azul con el número deseado justo frente a sus ojos. Mire, observe. Detenga su marcha agitada por unos segundos para comprender la lógica filesca y los carteles indicadores. Y ya que está, si no lo conoce, apréndase el recorrido. No pregunte si lo lleva a Once cuando el cartel dice claramente "Plaza Miserere". Ah, ¿no sabía que Once es Plaza Miserere? Edúquese, no obligue a los demás a tener que explicarle lo obvio ni demore al chofer o al resto de los pasajeros preguntándole si lo deja en tal o cual lugar. En el caso de que se sienta demasiado perdido, entre a un cibercafé y busque direcciones en ComoViajo.com (si la página funciona, claro), no sea rata y gaste un peso en evitar incomodidades al resto de la humanidad. Si la Internet le es un misterio indescifrable, ¿nunca oyó hablar de la Guía T? Es muy práctica y lo lleva por toda la Capital y el Conurbano bonaerense. Una excelente inversión. Por último, si usted es de esas personas desconsideradas que se cree demasiado bueno para entrar a un locutorio o llevar la guía en la cartera de la dama o el bolsillo del caballero, entonces viaje en tren o en subte y va a aprender a valorar la educación de la gente bien que viaja en colectivo por el bienestar del medio ambiente y la descongestión de las calles porteñas. La única excepción a esta regla es que le haya sufrido una conmoción cerebral con pérdida temporaria de la memoria y no recuerde ninguna de estas reglas ni los recorridos de los colectivos pertinentes. En ese particular, ponga cara de perdido inspirado en el gato con botas de Shrek y acérquese a la primera persona parada en la fila que, por ser primero, es el receptor de todas las consultas de forma indelegable. Tanto es así que si alguien consulta a un pasajero de atrás debe informarle que es su deber proveer la respuesta o bien expulsar de la fila al respondiente para que quede primero para el próximo colectivo y pueda así responder todas las preguntas que se le presenten.

Esto es todo por hoy, quédese cerca para la próxima lección.
¡Buen viaje!

miércoles, 11 de julio de 2007

Tan solo 52 cosas que odio de Ciencias de la Comunicación

  1. Leer “Observaciones sobre el folclore” de Gramsci en, por lo menos, cuatro materias distintas. Todo bien con el cabezón y “Todo preso es político” al mejor estilo de Bakunin…. ¡Pero no da!
  2. La desproporcionada cantidad de mujeres sobre la de hombres.
  3. La mala calidad de esa infame cantidad de hombres.
  4. Los militantes de las agrupaciones, cualquiera sea su signo, color, orientación sexual o feria preferida para comprar sus morrales andinos.
  5. La cara de culo crónica de la mujer que atiende el kiosco del primer piso.
  6. La mugre de los baños.
  7. Los finales obligatorios.
  8. Los profesores que toman asistencia.
  9. Los profesores que toman asistencia al final de la clase, con mención especial a aquellos que lo hacen en la banda horaria de 21 a 23.
  10. Los paros semanales.
  11. Los cuatrimestres que duran, con suerte, tres meses.
  12. La lentitud del SIU-Guaraní.
  13. La oferta horaria de las materias de la orientación, diseñada exclusivamente para los parásitos que no trabajan.
  14. Las comisiones únicas a las 11 de la mañana.
  15. Las cátedras únicas.
  16. La existencia de una sola materia optativa al final de la carrera.
  17. Las bermudas con medias de Mastrini.
  18. La no renovación de la pintura de las puertas de los baños, para que una pueda deleitarse mientras hace la parabólica humana al pillar con los comentarios idiotas de las chicas que no llegan al orgasmo o aquellas que son vírgenes a los 30 años.
  19. La falta de oportunas amenazas de bomba en la semana de parciales.
  20. El centro de estudiantes que funciona como fotocopiadora.
  21. La fotocopiadora que cierra a las 20:55 e imposibilita la compra de apuntes para los que llegamos jugados a las 19 para cursar.
  22. Los teóricos de Vazeilles.
  23. Los teóricos obligatorios que no salen desgrabados.
  24. Los teóricos en general.
  25. La indefinición del módulo de gráfica de taller 3.
  26. Las materias anuales.
  27. Los nombres de materias que no se corresponden en lo más mínimo con el contenido, tales como “Seminario de Diseño Gráfico” o “Taller de Introducción a la Telemática y el procesamiento de Datos”.
  28. Los trabajos grupales.
  29. Los que intentan denostar a Peirce, Verón y toda la rama de la semiótica.
  30. Las tres comunicaciones, aunque no cursé todavía la tercera, ya sé que la voy a odiar.
  31. La no correspondencia entre el atractivo intelectual y el desagradable aspecto físico de Jorge Gobbi.
  32. Los dientes de Sergio Arribá.
  33. La cara de víctima de accidente de tránsito de Rosato.
  34. La antipatía de las “chicas” del Departamento de Alumnos.
  35. La demora de 24 horas para la firma de un certificado de examen del Departamento de Profesores. En especial, después de rendir un final en Diciembre.
  36. Leer, en definitiva, siempre los mismos cuatro o cinco capítulos de libros en los 7-8-9 años que dura la carrera.
  37. Ser un océano de un centímetro de profundidad, en palabras de San Steimberg.
  38. José Luis Fernández y su ayudante, Mario “Dumbo” Carlón.
  39. Leer completos únicamente los libros escritos por los titulares de cátedra que, a la sazón, no están disponibles para ser fotocopiados y todos los años sale una nueva edición con una coma de diferencia.
  40. El sentido de la moda de Alicia Entel.
  41. Que sea la única carrera de la Facultad de Ciencias Sociales que requiera una tesina para licenciarse.
  42. Que sea la carrera con mayor cantidad de materias de toda la facultad.
  43. Que la gente escuche lo que uno estudia y diga: “Ah, periodismo estudiás vos”.
  44. No poder explicarle a la gente del ítem anterior qué es exactamente lo que uno estudia que no es periodismo.
  45. Las 357 definiciones de cultura que son una trampa de los distintos pensadores para tener patrimonio intelectual sobre un término.
  46. Que, finalmente, uno termine utilizando las mismas categorías que la sociedad en general y cultura sea sinónimo de cultura letrada.
  47. Que las ofertas de la Bolsa de Trabajo siempre, indefectiblemente, requieran un nivel de estudios que uno ya pasó o que ya superó.
  48. La amenaza latente desde el 2001 de que van a sacar Economía del programa y yo ya la cursé.
  49. Que el profesorado demore un mínimo de 18 meses luego de la licenciatura.
  50. Que la mayor parte de los estudiantes no egrese de la carrera y que, de los que egresan, muy pocos se licencien.
  51. Que no sea importante licenciarse porque, total, el índice de desocupación de los Licenciados en Ciencias de la Comunicación Social anda por el 89%.
  52. Y que, los que tienen trabajo, laburen ad honorem.

jueves, 7 de junio de 2007

Cómo salvar el futuro y no morir en el intento

De los cuernos y de la muerte nadie se salva, reza el saber popular, y de proferir alguna vez en la vida: “A esos hay que matarlos a todos”, tampoco. Si aun no ha llegado su hora en alguno de los tres ítems, no se preocupe, ¡ya llegará! Con la única excepción de que el deceso llegue primero, pero una serie desafortunada de eventos podría lograr que sucedan al mismo tiempo. Ahora bien, reemplace el esos por cualquier alteridad que se le ocurra: negros, yankies, políticos, mujeres, judíos y todos los etcéteras imaginables. ¿Se dio cuenta? Siempre se le aparece un otro a quien extinguir. He logrado mi punto, es momento de avanzar.
Reflexioné y me dije: "Bueno, es posible que alguien desee acabar con cierta subespecie y que, en su universo de pequeñas cosas, tenga fundamentos adecuados y convincentes". Supongamos que esta persona es un taxista porteño. Los que hemos andado por la Ciudad, alguna vez viajamos en taxi creyendo que llegaríamos más rápido a un lugar (leyenda urbana mítica) y oímos durante ese interminable viaje a paso de hombre como el chofer lanzaba sin vergüenza los juicios más atroces con la autoridad de un rey.
Sé que se lo imaginan a la perfección, ¿quieren matarlos a todos?
Prosigamos con el ejemplo. El señor, entre tantas sentencias indiscutibles sobre el país, el clima y la vacuna contra el sida, suelta: "Hay que matar a todos los negros y el país sale adelante". Pensemos que el hombre es blanco, hijo de inmigrantes italianos y españoles, divorciado y, ante todo, un laburante. Nada más lejano de la definición hegemónica de negro. Entonces, ustedes (semi-bacanes que se pueden dar el lujo de viajar en taxi) piensan que podrían coincidir con esa propuesta.
Ahí está, frente a sus ojos la verdad revelada: dos exponentes arquetípicos de la gente de acuerdo con la medida que salvará el porvenir de la benemérita República Argentina. Con el pecho inflado por el orgullo exacerbado, dan cuenta de que la cuestión es cómo llevarlo a cabo. Prosigamos en el terreno de lo hipotético: la estrategia acordada entre la gente (próximamente explicaré el verdadero significado de ese sustantivo; por lo pronto, convengamos que no incluye a los negros) es conducir a todos los negros a la cancha de Boca con la promesa de un pancho y una Coca, para luego prenderlos fuego, cerrar la puerta y tirar la llave. Es cierto, hay muchos y no alcanza la Bombonera. Usemos también la de Independiente, San Lorenzo (queda cerca a los habitantes de los villoríos del Bajo Flores, muchos de ellos extranjeros, ¿qué mejor?), Gimnasia de Jujuy y alguna otra del interior (ese terreno indómito y legendario, donde dicen que hay argentinos también). ¡Estamos listos!
Sin embargo, queda un asunto pendiente. La sociedad, ente absolutamente indeterminado que, en teoría, da legitimidad a un Estado-Nación, condena el asesinato. Sé lo que insinúan: hagamos que los negros se suiciden prometiéndoles un Cielo repleto de panchos y Cocas, con manantiales de vino en cartón y árboles de tira de asado pero, amigos míos, ahí entra la figura de instigador y la pena sería también severa.
Estamos en aprietos, ¿cómo sacar a nuestro país adelante quebrando la normativa vigente? ¡No es un chiste! Podría reformarse el Código Penal para que en la tipificación de los delitos diga que el homicidio se produce sobre personas caucásicas o afirmar que los negros no son personas, cosa que ya sabemos, que son un color o la ausencia de todos ellos, de cualquier modo, una aberración. ¡Ah! Y debería incluir alguna taxonomía para identificar a los negros de alma. Quizás con señalar que poseen ropa muy holgada y zapatillas de tres pisos de altura sea suficiente, no sé, habría que estudiarlo en profundidad. De igual manera, esa modificación sería muy difícil, por no decir imposible, ya que en el Congreso no tan honorable hay representantes de esa casta que ejercerían resistencia y zurdos también, que tampoco forman parte de la gente, pero se la pasan agitando y haciendo quilombo. Así que habría que empezar por matar a todos estos y, así, constituiría un delito y estamos en la misma. ¡Qué horror, ya me duele la cabeza! ¡Estos negros que impiden el progreso! Sí, estamos de acuerdo, podríamos todos mirar hacia otro lado y pretender que nunca pasó mientras reservamos los pasajes a Miami, no sería la primera vez. Pero una refundación tan contaminada no sería positiva.
Ustedes han de preguntarse y preguntarme, ¿y entonces? ¿No hay esperanza? Pienso que el asesinato de cualquier ser humano es digno de oprobio, así que sugiero que una reacción natural en este punto de inflexión sería exterminar a aquellos que se creyeron con el poder para decidir quién vive y quién muere. ¿Alguien pensó que sería mejor mandarlos a la cárcel? ¡No con mis impuestos!
Volvamos al ejemplo inicial: el autor ideológico de esta medida fue ese taxista desacatado. Por propiedad transitiva, todos los taxistas deberían ser terminados. Después de todo, si anda todo el día dando vueltas en el auto, con las hemorroides a flor de piel y escuchando Radio Diez, no es un gran aporte a la sociedad. Seguro que no s esforzó lo suficiente como para ser alguien útil, como un ingeniero o un médico, profesiones nobles si las hay. Así, Argentina no avanza. Además, es bien conocido que al mediodía se lastran un pancho y una Coca con sus congéneres. ¡Liquidémoslos!
A estos los llevamos cual ganado a una estación de GNC camino a San Nicolás con la promesa de combustible gratis y, de yapa, un corte de pelo facho a cincuenta centavos. Adiós a esta especie. ¿Notaron cuál es el problema? Cada vez es mayor la proporción de los que tienen las manos manchadas con sangre. Reconozcamos que, pese a que escasearan recolectores de basura y la industria de la salchicha estuviera al borde del colapso, por primera vez en nuestra historia se viajaría bien en tren sin tanto indeseable y el tránsito sería tan suave como un tobogán de agua. Quedaría la disyuntiva moral.
Pensemos que se trata de una tendencia global, como todo en el siglo XXI. Toda la gente del mundo se carga con las vidas de esos parásitos malos e improductivos que fagocitan nuestros impuestos que pagamos siempre a término. No obstante, la voz de la conciencia acucia. Es en este preciso momento que nace la alternativa: una máquina que libra a los humanos de la macabra tarea de decidir sobre la vida y la muerte. Gracias a sus algoritmos hiper complejos y con parámetros biométricos exactos distingue al santo del pecador, al útil del inútil. Debo reconocer que esta creación se me ocurrió gracias a la expectación de la máxima tortura cinematográfica de 2007: Ghost Rider. La idea nace de cómo el personaje de Nicholas Cage prende fuego a los malos haciéndoles ver sus actos atroces. Estamos en ese momento histórico: la máquina existe porque Bill Gates sacó un comunicado avisando que se cerraba Hotmail a menos que lo envíen a todos sus contactos y después mandaba un pancho y una Coca en agradecimiento. En fin, existía desde hace rato, pero restan pequeños ajustes ya que fue concebida con el fin de aniquilar a todos los programadores y usuarios de Linux y software de fuente abierta. Está lista. Todos los países se endeudan hasta el tuétano, pues luego de la limpieza sólo queda crecer, el famoso progreso indefinido, el desarrollo que auguraba Frondizi, ¡centurias de platino para la humanidad, señores! Pero, ¿quién se salva de ELLA? ¿Quién está absolutamente convencido de salir ileso de semejante desafío?
La primera opción sería continuar con la selección de subespecies indeseables: homosexuales, abogados, conductores de TV... La lista se engrosa, los elegidos se cuentan con los dedos de muchas manos. Más tarde, en el afán de purificar la raza, la exposición al selector de humanidad es obligatoria y universal. Se escuchan rumores de que algunos superan la prueba, pero todos temen: todos alguna vez pensaron en matar a alguien. Las fuerzas de control persiguen al que se niega: palo y a la bolsa, aunque eso signifique la muerte segura del apaleador, primero está la sociedad perfecta. Los que quedan, los elegidos, pueden vivir con la sangre de millones, pero no con el hedor de los residuos de las calles, los caños que se pinchan y nadie puede remendar, el motor que calienta, los tacos sin tapitas y comienza la escasez de productos agropecuarios (nadie se preocupó por inventar máquinas que trabajen solas el campo, para eso estaban los proles del granero del mundo). Sin embargo, hay una posibilidad latente que atormenta aún más que el hambre: ¿y si yo soy el próximo? ¿Y si justo tengo algo que los demás desean? Y seguro que lo tengo, porque la omnipotencia de jugar a ser una suerte de dios y la evidencia de estar entre los sobrevivientes dan por resultado la magnificencia total del ejemplar humana.
La única salida que puedo sugerir es el suicidio masivo e indiscriminado: a mí no me va a matar ninguna máquina pedorra, se oyó decir en el mingitorio de un Pancho 95 abandonado.
Me imagino el fin de la humanidad de la siguiente manera: occidentales y orientales por primera (y, claro, única) vez se ponen de acuerdo. Unos se juntan en América del Norte y otros en China. Europa, África (gente nunca hubo ahí, sólo negros debidamente exterminados) y Oceanía están vacíos. Consensúan un día y una hora para la definición. ¿El método? Alguien alguna vez oyó que si todos los chinos saltaran al mismo tiempo, provocarían un terremoto del otro lado del mundo. Entonces, un geólogo convocado a tal efecto calcula que si saltan todos al unísono en ambos hemisferios, el planeta explotaría cual bombucha. Reaparece Bill Gates desde el Sillicon Valley y ofrece por un módico precio una computadora súper avanzada para que nadie le pifie a la cita, precisa hasta en los milisegundos. La perfecta ejecución no debe ponerse en riesgo, mirá si alguno sobrevive. Llegado el tiempo, un pequeño salto para el hombre, uno gigantesco para la humanidad.
Pienso que la tierra no explotaría, sino que ocurrirían otras dos cosas. O bien por la leyes de la física que desconozco la fuerza ejercida haría que todos reboten y se vayan a la estratosfera en un viaje de ácido (no de LSD, sino del que se acumula por obra y gracia de la polución ambiental) o cuando todos tocan el suelo, el agua sale disparada hacia la atmósfera, se evapora y luego acontecen tres días de terrible agonía donde todos mueren deshidratados. Es un excelente final para gente tan especial.
Mientras tanto, en el sur del mal llamado Nuevo Mundo un grupo de argentinos ingeniosos sale a la superficie y, con risa sobradora, concluye: "¡Cómo los cagamos!" y con sustento en la filosofía criolla, refunda la civilización atando todo con alambre. No por nada somos la patria de cinco premios Nobel y, todavía más importante, de Gardel y Maradona.

domingo, 3 de junio de 2007

Antropoemia

Llegar a la escritura de esta entrada fue un camino muy arduo. No por la falta de ideas, todo lo contrario, sino por una cantidad inconmensurable de pensamientos sobre temáticas muy distintas entre sí que me llevaron a ella. Para darles un conocimiento cabal de lo que pasa por mi cabeza, debería instalarme un microchip en el cerebro con un plug in especial para que lo que pienso se vuelque directamente sobre mi ordenador y así publicarlo. Sin embargo, no es tan buena idea porque hay cosas de mí que no deberían saber. Y no quieren saber qué no deberían saber.
Mi motivación inicial para escribir fue la constante alusión por parte de ustedes, mis lectores frecuentes, a mi locura y mi maldad. A partir de ahí, se desató una vorágine de impulsos eléctricos en mi materia gris (mi cerebro ha vuelto a casa, pondría “felizmente”, pero lo dejo a su criterio) que le dieron vuelta y media a la cuestión. Se me ocurrió que tal categorización de mi personalidad es bastante nefasta. ¿Por qué? A ver, mis queridos amigos, ¿a dónde van los locos y los malos? Mastíquenlo por unos instantes…
Cada vez que me adjudican esos epítetos, me envían a los dos lugares donde los buenos burgueses recluyen a sus inadaptados: al psiquiátrico y a la cárcel. Sobra señalar que el título de este blog es Derecho para el psiquiátrico y que yo solita me confino a ese espacio donde muchos de ustedes no tienen un lugar reservado, convengamos en que es una muestra más de mi ironía.
Sin embargo, debo reconocer que cada vez que me llaman así la adjetivación intenta suavizar los términos: loca linda, mala divertida. Traducción: “No sos peligrosa, pero sí extraña”. O bien: “No me pegues, soy Giordano”. Es cierto que es mejor tenerme de aliada que de enemiga, no voy a negarlo justo ahora a ver si salen todos disparados como las palomas de Plaza de Mayo. Pero esta cuestión que se repite e intensifica a través de los años me lleva a reflexionar, ¿acaso me creen una idiota? Prefiero concluir que lo que no es comprendido se ubica en un lugar donde no molesta o con esa interpretación parcial se puede inferir normas de comportamiento y manipulación que liberan de hipotéticos daños y perjuicios.
La cuestión va más lejos, mucho más allá de una simple clasificación que mi entorno me aplica como si fueran verduleros acomodando la mercadería. Mi mayor inquietud fue: ¿por qué todos los que afirman que estoy loca y soy mala acuden a mí para pedirme consejos, para contarme sus mayores penas y, encima, escuchan lo que tengo para decir? El saber popular afirma que los locos y los borrachos siempre dicen la verdad, pero la sociedad se ocupa de confinarlos en instituciones con un (pretendido) riguroso control sobre cada uno de sus actos, así que el sentido común no aportaría una explicación concluyente.
Por lo tanto, me inclino a resolver que los que están locos son ustedes. ¿Cómo van a confiar en una loca mala? ¿Se drogan y no convidan? ¿O poseo la verdad revelada sobre el sentido de la vida y me quieren hacer creer que mis opiniones no son válidas para quedarse con todo el provecho de mi inteligencia? ¿Es un complot contra mí?
No voy a revelar mi estrategia porque sería poco avezado de mi parte y un insulto a mi sabiduría, no obstante, no tengan dudas de que mis trastornos mentales y mi esencia mefistofélica están siempre un pasito más adelante y un día me erigiré entre las ramas del árbol más alto y seré Presidente de la Nación. Un somero repaso histórico les dirá por qué tengo razón.

sábado, 19 de mayo de 2007

Paratexto, inrtertexto, metatexto...

ACLARACIÓN: La presente entrada requiere competencias musicales básicas para su correcta comprensión, así como alguna que otra materia cursada en carreras tales como Ciencias de la Comunicación, Cinematografía, Diseño Gráfico y, sin ofender a los estudiantes de las licenciaturas precedentes, Publicidad (me río sola de llamar a ese rejunte una “Carrera”). El segundo requisito no es excluyente, sólo ciertas alusiones les resultarán incomprensibles, incoherentes o simplemente se reirán cual idiotas ante el chiste de “Toalla no, radio” sólo por no aceptar no haber entendido. ¡Ah! Y cuando digo “competencias”, no quiero decir que si se leen todo este choclo (por el texto siguiente, no por el tango que, a la sazón, también necesitarían poseer conocimientos de lectura musical y yo un teclado con notas o subir la partitura con un .jpg, pero ese ya es otro tema y yo prefiero Adiós Nonino) se van a llevar un premio, sino que refiero a un poco de cultura general, carajo, que no ocupa lugar y todavía es gratis. PRE DATA: Sí, escribí “pre” cuando ustedes piensan que debería ser “post”, pero como va antes del… delirio, es pre y no post. En fin, el sentido de esta pre data es dejar en evidencia que sé que si tengo que aclarar tanto probablemente lo escrito no ha de ser de una calidad superlativa, sin embargo, para mí la aclaración es un arte olvidado en la era de los dobles sentidos chabacanos y me gustaría que se convirtiera en un hábito mainstream, con onda y reservado a unos pocos como yo y que esos pocos sean mis alter ego. De todos modos, no voy a eludir las balas y voy a aceptar que el único sentido posible, verdadero y muy poco sutil de aclarar tanto es que soy una yegua condescendiente que considera que todos ustedes no están a mi nivel, así les hago una hermosa clausura semiótica como mi amiga la Iglesia Católica. Después de todo, puedo hacerlo porque soy una diosa. Sin otro particular, los saludo atentamente y los abandono para que se sumerjan en el constructivo vicio de la lectura. Nunca su servidora, siempre su ama. ___________________________ Madrugada de viernes otoñal, helada como si fuera de invierno, no se distingue de las demás sino por la soledad que me visita. Y no hablo de la de Arequito. A fuerza de un régimen alimenticio restrictivo, me despido de mis rollos lipídicos y gano rollos mentales. Así como mi autoestima se levanta para mirar de reojo y con cejar erguidas a las Torres Petronas, se me aparece un vacío entre la tierra y el cielo. Experimento una sensación humana. Hasta la Santísima Trinidad tiene un eslabón débil. El conocimiento de la propia debilidad te hace más fuerte. Sin embargo, no es posible permanecer constantemente en DEFCON 1. En un descuido, ¡zas! Para decirlo en criollo: cagaste. Y ahí estás, de pies a cabeza homo sapiens, de pies a cabeza materia sensible. Y todo lo bueno, lo bello, de la vida se convierte en los siete círculos del Averno fusionados como Cablevisión y Multicanal. Que nadie me diga que es bueno estar enamorado, que no es bueno que el hombre esté solo. Y menos aún, que es oportuno. Meses y meses sin deshojar pétalos de sal, semanas de rodillas que sólo temblequeaban cuando se montaban sobre un par de tacos espigados, días de ojeadas anárquicas de vidrieras en calle Florida y horas de asquerosa alegría se devaluaron como el austral en el ’89. Fueron ojos en ojos, una nueva noche fría en las veredas de Belgrano, sintagmas, fonemas y morfemas que no calificaban como metáforas ni metonimias, sino que crearon una nueva dimensión retórica. Una imbecilidad al mejor estilo Gran Hermano. Hay amores perros, amor de perros y un perro amor que explota. No se va a llamar mi amor, es un crimen que quedará sin resolver aunque lo someta al escrutinio la mirada examinadora de Sherlock Holmes. No me salva, no me libera. Lo cierto es que en mí su ausencia total me permitió experimentar la independencia más plena. El amor es un lazo que no suelta jamás, es una energía disruptora, la semiosis infinita con interpretantes sempiternos que llenan de dudas en un proceso sin fin. Es un infame ladrón de corazones. No obstante, yo atestigüé su comienzo. Porque fueron ojos en ojos en una nueva noche fría en las veredas de Belgrano. Brillantes sobre el mic donde las calles no tenían nombre. Quedó de esa noche (y también de esta) un anhelo de satisfacción. Sólo un anhelo de satisfacción. ___________________________ POST DATA: ¡Ahora sí es una post data, porque es después del texto! Más allá de la v.g., quería destacar, recalcar, reafirmar y tallar en mármol que sobran las evidencias de que no puedo escapar de ser como soy y hasta este escrito tan edulcorado puede ser rescatado de su deshonor en mi bibliografía (¡qué grosa soy, tengo bibliografía!) gracias a mis notas al pie y al encabezado, únicas en su género. Como la voz del traductor en el cuento de Walsh, es ahí en el reino de la itálica o bastardilla donde resplandezco y encandilo a mi obnubilado auditorio y le corto las piernas al amor burgués y al gran capital. Lo dijo JLo y yo la cito porque me la banco: “No me amen”.

martes, 24 de abril de 2007

Carta de mi cerebro a mí

Estimado señor o señora: Le escribo desde mi retiro en este paradisíaco ensueño para que no piense que la abandoné para siempre. No tengo planeado volver a la brevedad, pero no es un asunto que pueda crearle complicaciones ya que sus riñones me mandaron un SMS la semana pasada donde me comentaban que se las arregla bastante bien sin mí. No obstante, sus ojos (desesperados) me llamaron por teléfono para rogarme que regrese pronto, puesto que parece ser que la tienta mirar la bazofia de Bailando por un sueño. Contando con que se trata de una llamada internacional, no cabe duda de que el asunto preocupa verdaderamente a sus ventanas del alma. Era de esperarse que cayera en infracciones tan severas con su intelectualidad como castigo por mi abandono. Sé que un cuerpo que se somete a la radiación de Tinelli y, Hegel la prevenga, Gran Hermano es un camino de ida. Pero no entiendo si sólo por mí usted es capaz de dañarse tanto. Quizás la falta de razón la hizo creer que mirando esos programas televisivos podría relacionarse con su entorno y finalmente hacer amigos. Sin embargo, tengo que advertirle que esas relaciones son tan efímeras como la amistad entre Moria Casán y Carmen Barbieri. Sí, sé quiénes son y que se han peleado en el pasado verano por el puesto de primera vedette de Mar del Plata. Aún siendo la razón puramente instrumental conozco puerilidades como aquellas y tengo que hablarle en términos que Usted pueda comprender. No escapo al surrealismo accidental de dos señoras pasadas de edad vestidas con el ropaje de Adán. Casi tengo plena seguridad de que semejante osadía es una venganza. Pero yo no la abandoné. Tuve que ponerme a reparo de sus abusos filosóficos y pensamientos delirantes. Necesitaba escapar aunque sea un rato de sus pesadillas románticas y sueños revolucionarios. Más aún, no podía soportar otra noche más de verla en mis circuitos vestida de guerrillera enamorada en el Congo, para luego degollar a su príncipe azul por sospecha de alta traición. Volveré en algún momento y continuaré como el esclavo de sus caprichos cartesianos y víctima de su inconsciente narcisista. Sin embargo, todavía no es el momento. Me pregunto qué tanto habrá cambiado su vida sin mí. Sé que sigue trabajando, pero ser un mono de oficina no requiere la presencia de un cerebro: viajar como ganado, sentarse en el escritorio, preparar mate, chupar la bombilla y chatear (actividad cuyo único requisito es escribir “jajajajaja” repetidas veces ante todo lo que el interlocutor envíe). Ir a la facultad tampoco es algo complicado: se sienta, sacude las cuerdas vocales con la onomatopeya que usa en el Chat repetidas veces ante todo lo que dice su compañera de banco, garabatea en el margen de las hojas, cabecea a partir de mitad de la clase y luego se va. Siempre hizo lo mismo, incluso conmigo en su cuerpo. Sólo me pedía asistencia cuando tenía que rendir un examen y yo, fiel a mi destino de ser su servidor, acudía con toda velocidad a memorizar libros enteros en una noche. De sexo ni hablemos, siempre fue una petera apestosa y no necesitó de mí para entregar cada orificio de su cuerpo a cualquier postor e incluso a varios. En fin, me despido por el momento. Me espera una noche de lujuria desenfrenada en los anaqueles de la Biblioteca de Babilonia. Le diría que la quiero, pero no soy capaz de sentir y a Usted no le importaría ya que no tiene corazón. Mis más cordiales saludos, Axón Dentrita Sináptica.

domingo, 15 de abril de 2007

Sencillamente

No tengo delirios ni puerilidades que contar. Los debo tener, los tengo, pero no me dan ganas de organizarlos en una forma semi coherente y subirlos a la autopista de la información. Estoy tan espléndida: feliz, relajada, distendida, libre... Tan completa estoy que no puedo más que distanciarme de la irrealidad cotidiana, del flujo de los acontecimientos existenciales más banales, como la demora en el tránsito o el agite de las agrupaciones políticas universitarias. No me importa nada, porque nada es definitivo y en el devenir las transformaciones acontecen antes de que alcance a comprender algo cabalmente. Y es en el desinterés donde se revela lo más profundo. Actualizo por actualizar. Este blog es anárquico, libre, libertino y liberal, exento de cumplir con los cánones literarios de la Grecia clásica. En definitiva, cualquier gil tiene un lugar en la red. LA REFLEXIÓN DEL DÍA: "Si en un litro de semen hay más vida que en un litro de sangre, vení y chupame la pija y convertite en Highlander."

miércoles, 14 de febrero de 2007

¿Ya no la puedo cambiar?

¿Todos conocen la frase "año nuevo, vida nueva"? ¿Alguno realizó un balance sobre su existencia mientras promediaba diciembre? ¿Prometieron cambios trascendentales, establecieron metas y refundaron los propósitos de su devenir dentro de ese mismo período? Pues bien, yo no. Me pronuncio absoluta e irrevocablemente en contra de todas las resoluciones de fin de año. Es más, rechazo su celebración. A ver, que alguien me cuente... ¿por qué el año termina el 31 de diciembre? ¿Porque lo dijo Gregorio? ¿Y el año nuevo Chino o el Judío? Si lo pensamos en forma racional, no tiene relación con mediciones astronómicas, porque no hay un cambio de estación y si la tierra gira alrededor del Sol, da lo mismo que pongan el fin de ese ciclo en cualquier otra fecha, por ejemplo, el año podría terminar hoy y sería lo mismo de irrelevante que su finalización actual. Además, algo que sobresale por lo obvio, uno no cambia por completo de un día para el otro. No conozco a nadie que el primero de enero haya dejado su trabajo, cambiado de esposa o se haya mudado a Indonesia, simplemente por el cambio de numerito. En general, la gente que conozco se va de vacaciones o duerme la resaca o putea por el calor o se interna en el baño por las descomposturas resultantes de la ingesta de frutas secas en pleno verano. Y no quiero que nadie me diga que es una excusa para reunirse con la familia y brindar porque están todos juntos y quererse por un día. ¡Debería hacerse todo el año! ¡Si hace falta una razón para compartir una comida y abrir un champú, es porque no se soportan! ¿Para qué la simulación? Sin embargo, lo que me molesta y me enferma más de lo que estoy es esa famosa frase del principio: año nuevo, vida nueva. ¿Cómo es la historia? Si no la cambio el primero de enero, ¿me la tengo que bancar durante 365 días más para renovarla? ¿Expira el período de devolución? Si la quiero cambiar en julio, ¿qué hago? ¿Continúo siendo una pusilánime? ¿Y si durante la espera me olvido de lo que quería cambiar? ¡Ah, claro! Para eso está diciembre, que es el mes en el que uno exclusiva e inexpugnablemente se ve compelido a hacer un balance. Cierto, es una trasposición más de la economía sobre nuestra rutina. Ponemos cada cosa en un casillero, sumamos, restamos y le añadimos el coeficiente de la inflación. Claro, ¡qué zonza! Veamos mi caso:

En el haber:

  • Me quedé sin trabajo.
  • No terminé la carrera como esperaba hacer.
  • No me compré suficientes carteras.
  • Me teñí el pelo de un color que no me gusta.

En el debe:

  • Aprobé seis materias de la facu.
  • Conseguí trabajo.
  • Me compré mucha ropa.
  • Me compré muchos zapatos.

Los ítems del trabajo se cancelan mutuamente, quedan en cero.

Los de la facu quedan en negativo. Habré metido suficientes asignaturas, pero la idea era recibirse y no ser parte de la legión de estudiantes crónicos.

Los zapatos y las carteras van de la mano, como no puedo caminar descalza, el saldo es positivo.

El pelo y la ropa pertenecen al rubro "Aspecto personal", como soy mujer no me puedo rapar, así que el saldo es negativo. Pendiente para el 2007, tintura nueva. ¿Año nuevo, pelo nuevo?

Resumen: un neto, un positivo, dos negativos. Siendo el ser superficial que soy, la crisis de mi cabello hizo que el 2006 resulte en un año pésimo.

Entonces, llega el momento del replanteo de metas y con ellas las cursilerías. "Este año que empieza seré una mejor persona", "Voy a hacer un viaje a Indonesia para asistir a las víctimas del tsunami" (en general, se profiere en el momento justo en que la dama o el caballero pasan al lado de un piquetero e instantáneamente se aferran a la cartera de la dama o el bolsillo del caballero, pero esto formará parte de una próxima entrada).

¡Son todas mentiras!

¡El calendario nuevo no trae de regalo una personalidad más interesante ni voluntad para bajar de peso! E insisto, ¿no sería bueno hacerse este tipo de cuestionamientos durante TODO el año? Yo quiero teñirme el pelo en abril o comenzar la dieta en agosto, ¿alguien se anima a prohibírmelo? Y no quiero repensar en mi vida hasta dentro de cinco años, me quedo con la que tengo, ¿obtendré la nueva con 50% de descuento en el 2013? ¿El cambio es acumulativo, a esa altura podré cambiar esta catramina por algo fabuloso? Si aguanto hasta el 2018, ¿el Fiat 600 que tengo hoy se convertirá mágicamente en un Mercedes Benz? ¿Cuánto hay que esperar para un Corvette? ¿Hay un centro comercial de vidas? ¿Puedo cambiar la mía por la de Natalia Oreiro?

Espero que alguien tenga respuestas a mis preguntas. Como dije alguna vez, que yo sepa hacer preguntas no significa que me interese contestarlas. Además, me digan lo que me digan, voy a seguir haciendo lo que se me antoje. Voy a hacer desbalances, revolcarme como chancho en el caos y a festejar el año nuevo el día de mi cumpleaños. Y no voy a cambiar mi vida, me gusta tal cual es y me importa muy poco que el año cambie, yo sigo siendo la misma trastornada de siempre ¡y para siempre!